Una mirada atrás.

Suena Best of you de Foo Fighters en el modular. Como gatillo me recuerda un evento del que, pudiera decirse, aún no me recupero. Va para 1 mes que la bandita de Dave Grohl tocó en la ciudad de México por primera vez en sus casi 20 años de trayectoria.

Cuando me enteré de que tocarían en México, no dudé en comprar un boleto. Bueno, en realidad fueron dos. Pensándolo bien fueron 3. La anécdota es tan bochornosa como chistosa.

Con precisión milimétrica, mi casi hermano y yo preparamos el viaje para el DF con la intención de turistear y de ver a los FF. Todo marchaba a la perfección, a excepción que mi carro, en el que nos llevaron al aeropuerto, se descompuso de regreso a casa.

Pagamos hotel, comimos, bebimos, nos paseamos. Todo muy bien, a excepción de las caminadas maratónicas que hicimos, que no perdonaron que haya llevado unos tenis canvas, por lo que mis pies pagaron las consecuencias.

Íbamos temprano, pero el Metro estaba más saturado de lo normal, nada extraño en todas las rutas que iban al Foro Sol. Decidimos tomar un taxi. Como buena tradición del mexicano de chingarse al prójimo, la mayoría estaba cobrando hasta el 300% de la tarifa normal, pero si te miraban foráneo, hasta el 500%; sin exagerar.

Pues bien, caminamos un poco y tomamos un taxi de sitio, que nos cobró obviamente más barato. El tráfico, pésimo. No recordábamos que era víspera del Día de la Virgen, por lo que todos los católicos posibles abarrotaron vías y calles para su peregrinación.

Hasta ahí todo agradable, el taxista muy simpático, a pesar de que tratamos de fingir no ser norteños, él lo notó y, muy sutilmente, comenzamos a charlar sobre las condiciones de la ciudad, el tráfico y alguna que otra nimiedad.

Previamente habíamos averiguado direcciones, para hablar como buen chilango, como si estuviéramos familiarizados con las ubicaciones. Pues bien, el taxista nos dejó justo frente a un banco. Nos despedimos. Venían al banco, preguntó. Respondimos que sí (aunque no sabíamos que había un banco con la dirección que dimos), pero que después iríamos a un lugar ahí cerca.

Total, entramos al banco, salimos y caminamos unos metros. Oscar se volteó. No tuvo que decirme nada para saber que con su mirada me preguntaba por los boletos. No tardé ni un segundo en voltear al lugar a donde el taxista nos había dejado.

Creo que tampoco tuve que decirle nada para que él entendiera que se habían quedado en el taxi. El resto de la historia la dejamos entre él y yo. Regresamos al banco y sacamos más dinero. Camino a la entrada, encontré a esta señora, que me ofrecía unos boletos, muy parecidos a los que había comprado. Una revendedora, pues.

Como si estuviéramos comprando droga o algo ilegal, tomamos los boletos y entramos con el nerviosismo de que nos negaran la entrada, pero no fue así. Raras veces tantas emociones juntas como las que sentí cuando caminábamos por el puente que nos llevaba directo al Foro Sol.

A veces, el resultado final es más satisfactorio que hacer la cuenta de todo lo que ocurre en el camino. Poder asistir a ese concierto es algo que aún me tiene en shock, sobre todo tomando en cuenta que muchas de sus canciones me acompañaron en situaciones particulares en mi vida. La primera canción completa que toqué en una guitarra fue una de ellos, lo cual hice por cierta persona con la que ya no estoy, digo, solo por mencionar algunos ejemplos.

De hecho, fue casualmente con esa misma canción con la que cerraron el concierto. Está de más decir que canté, brinqué y grité como raras veces lo hago. (De hecho es la misma canción que escucho mientras termino esta publicación.)

Contrario a lo que hacían la mayoría de los presentes, mantuve mi "smartphone" en el bolsillo. Preferí disfrutar antes que ponerme a grabar algo. Confieso que tomé un par de malas fotos, y hasta ahí lo dejé. Desde que empezó hasta que terminó, fue un concierto que difícilmente voy a olvidar.

El regreso al hotel fue otra curiosa anécdota. Pero esa la escribiré luego.




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